Su rudo cuerpo está forjado a base de golpes, de penumbra, de fuego y de entrañas, con un desmesurado corazón que bombea pasión en todas las empresas que acomete y el pecho entreabierto para Hayley, su amor. Es una de esas personas que sabe amar, que sabe odiar, que en todo momento muestra su carácter visceral.
Cuando llegó a la cocina, estaba todo dispuesto sobre la mesa cubierta con un mantel blanco. Halley se aproximó con la jarra de café, le sirvió en su taza, le pasó el azucarero y ella optó por tomarse un té.
—Esta tarde tenía pensado que fuésemos a los almacenes Debenhams —sentándose a la mesa— para comprarme algo de ropa y tal vez algo para ti, para mañana… —dedicándole una picarona mirada infantil.
—¡Otra vez Debenhams! Te repito que no me gusta que vayas a los almacenes ingleses, puedes ir a Brown Thomas o a Arnotts. ¿Es que ellos no tienen lo mismo o mejor? —su ronca voz se elevó dura y precisa.
—Ingleses, irlandeses,.. ¡Darragh Fallon! ¡Borra de una vez esa ira de tu interior!
—Lo siento. Perdona —posando su mano sobre la de ella y bajando la cabeza, avergonzado por su arrebato—. De todas formas hoy regresaré tarde. Tenemos entre manos una nueva campaña, se reunirá el consejo para analizar todos los pormenores y, como nuevo responsable de área, debo estar presente. Es la oportunidad que he estado esperando tanto tiempo, la misión que puede proporcionarme el reconocimiento a tantos años de sacrificio y trabajo en la sombra.
Darragh era un consumado experto en electrónica y estaba considerado en la organización como uno de los integrantes más audaces y prometedores. Con veintiséis años, su eficacia a la hora de llevar a cabo los cometidos más difíciles le estaba encaminando, en una meteórica carrera, hacia los puestos de mando y condicionaba, cada vez más, el tiempo que pasaba en su casa. Hayley soportaba las ausencias con resignación, con mucha paciencia los estados de ansiedad que precedían a los continuos viajes de su marido y con serenidad los largos silencios a su regreso.
—Bien, planifica y trabaja hoy todo lo que quieras, pero no te comprometas para mañana. Me prometiste que pasarías el día entero conmigo y además, este mes has viajado más días de lo habitual por lo que te corresponden más jornadas de descanso.
—Lo intentaré cariño. Lo intentaré.
Continuaron conversando sobre los arreglos que necesitaba la casa, el buen partido que hicieron los Cardiff Rugby y los planes para la cercana celebración de San Patricio. A las ocho y media, como de costumbre, se despidieron con un beso y una tierna caricia. Hayley desde el umbral de la puerta, con los brazos recogidos en su pecho, le observó mientras él se subía al coche y permaneció allí hasta que el Ford Escort se camufló entre las sombras de la avenida.
De compras
Nada le parecía apropiado, había recorrido varios almacenes y tiendas sin encontrar el conjunto apropiado para la ocasión. Buscaba un vestido de color verde manzana, sencillo, cómodo, entallado a su cuerpo, con los hombros y la espalda al descubierto, con un escote sugerente y de mangas amplias. Quería sentirse observada, quería regalarle todos sus encantos al hombre que amaba y revestir de una irrefrenable pasión esa noche inolvidable. Estaba cansada, minúsculos cristales se clavaban en la planta de sus pies al caminar y su cabeza no era capaz de procesar con claridad todo lo que sus ojos contemplaban, cuando un pequeño escaparate cautivó su atención. No era el color que buscaba, sus mangas eran francesas, pero ante ella se apareció su vestido perfecto. Entró en el comercio y una amable empleada la atendió con tal diligencia que en pocos minutos, frente al espejo del probador pudo sentir algo más que el roce de la suave tela sobre su cuerpo, estaba vestida con el delicado velo de la seducción.
Volvía a casa satisfecha, en volandas por el blanco corcel de la ilusión, cuando la melodía de “My heart belongs to you” se elevó hacia sus oídos desde dentro de su bolso. El teléfono móvil identificaba la llamada de Bryn Fisher, el dueño del pub Long Hall.
—¿Hola?
—Hayley, soy Fisher. Estamos con los últimos detalles de la fiesta y necesitaría que te pasaras por el pub mañana temprano para concretar unos pormenores.
—¿No puedes comentármelos por teléfono y lo solucionamos ahora? Me comprometí con Darragh para estar junto a él toda la mañana.
—Lo siento Hayley se trata del grupo. Quieren proponerte un cambio en el repertorio y ahora mismo no se encuentran aquí. Tendrás que buscarte alguna excusa y venir para hablar con ellos.
—No me gustan los contratiempos de última hora. Ya lo teníamos todo más que hablado –el desalentado tono de su voz viajó como un susurro sordo.
—No hay ningún contratiempo, no te preocupes, no es más que una vuelta de tuerca a la traca final de fiesta que creo te puede encantar. Todo será perfecto y, por supuesto, conseguirás que Darragh no lo olvide en toda su vida.
—Vale, estaré allí. Pero que no sean más de cinco minutos.
—No harán falta más. Hasta mañana a las 9.
—¡Tan pronto!
—Cuanto antes mejor. Así tendrán más tiempo de ensayar. Nos vemos.
No hubo tiempo para despedirse, Bryn cortó la llamada tras ese imperativo “nos vemos”.
Anochecer
El semblante de preocupación de Darragh contrastaba de forma notable con la envolvente atmósfera de expectación que Hayley había creado para sorprenderle en la cena. Había dado tres vueltas a la manzana antes de estacionar el coche en la entrada de su casa, tratando de relajar la tensión de su cuerpo tras la larga reunión de la tarde, buscando el modo de espantar de su cabeza las consignas de su nueva misión y luchando contra la ansiedad que le producía tener que realizar, a la mañana siguiente, de forma inexcusable una entrega vital para su continuidad en el futuro dentro de la organización. Pero bastó ver la carrera de Hayley hacia él y sentir su cálido beso para poner punto final a cualquier otro pensamiento que no fuese agradarla y entregarle su amor.
El comedor estaba iluminado por la tenue luz de las velas que, sobre la mesa, invitaban a una romántica velada. Una botella de vino tinto, dos copas y un brindis por su eterna compañía, dieron comienzo a esos cruces de miradas justo en el lugar donde se turban los sentidos y el rescoldo del deseo enrojece ante las llamas de la pasión. Saborearon los platos rememorando sus aventuras de adolescencia, sus primeros escarceos amorosos y haciendo planes para ese perpetuo futuro que abría puertas y ventanas con aromas de una eterna primavera.
Los dos silenciaron el mañana, omitieron hablar del cercano amanecer para vivir la magia del presente.
11 de Marzo
Los pormenores
Un mal sueño, un insistente chisporroteo contra el cristal y el sordo sonido de una puerta que se cierra, arrancaron a Darragh de su letargo. El reloj de la mesilla de noche marcaba las 8:06 a.m. Esa visión sirvió de espoleta y su corazón amagó con explotar, tenía el tiempo justo para hacer su trabajo y no sabía aún cómo se lo diría a ella. Giró sobre sí y se encontró con el vacío acompañado de una nota con la letra de Hayley:
Felicidades cariño.
Tengo que salir, no puedo decirte más porque
forma parte de tu regalo de cumpleaños.
Vuelvo enseguida, espérame para desayunar.
Hayley
Este ya es un buen regalo de cumpleaños –pensó agradecido, por no tener que inventar cualquier excusa para salir, con el riesgo de disgustarla- al tiempo que saltaba de la cama y se dirigía al cuarto de baño. Quince minutos más tarde, se alzaba el cuello de su chaqueta de cuero en un inútil intento de esquivar la correosa lluvia que se derramaba sobre él cuando se dirigía hacia el coche. No tardaría más de treinta minutos entre ir y volver. Confiaba que fuese tiempo suficiente para que no se enterase de su ausencia, aunque previsor le había escrito bajo sus palabras “He ido a buscar tu pastel preferido”. Puso en marcha el motor y aceleró todo lo que pudo para llegar a Cook Street. Estacionó su vehículo a pocos metros de donde estaba la furgoneta de reparto, cambió de vehículo y circuló esta vez con más prudencia. En diez minutos habría finalizado su trabajo y volvería a casa para disfrutar de un feliz día de cumpleaños.
***
Hayley se apeaba en D’olier Street a las nueve en punto, el pub se encontraba cerca, en la transversal, a un par de minutos andando. Durante el el trayecto en el autobús, estuvo acompañada por un tímido sentimiento de culpabilidad por la forma sigilosa, clandestina, en que había salido de casa; que se alternaba con unos arrebatos de emoción, de entusiasmo enfervorizado, al imaginar el asombro de Darragh esa misma tarde cuando le desvelara la fiesta que le había organizado.
Abrió su paraguas y caminó ligera cortejada por las oscuras y perezosas aguas del río Liffey, el mismo al que Joyce otorgó una significación de vida y de cambio en su novela Ulises. Su corazón se aceleraba a cada paso, palpitaba al compás de los acordes de un duelo de violines que desafiaban cualquier otro eco que no fuese el de su entusiasmo. Dobló la esquina y divisó la colorida fachada del Long Hall. Fisher estaba en la puerta con una libreta en la mano, donde anotaba los barriles de cerveza que un corpulento repartidor descargaba del camión y hacía rodar hasta el interior. El semáforo en rojo frenó su marcha, alzó su brazo y lo agitó para llamar la atención de Fisher que la saludó con una cómica reverencia. Hayley miró a su izquierda, a su derecha, calculó la distancia, la velocidad de los coches que circulaban en su dirección y su ímpetu la apremió a cruzar hasta el lado opuesto de la carretera. El claxon de un vehículo castigaba su osadía, sin conseguir que ella se diese cuenta de la dificultad que le suponía al conductor poder esquivarla.
***
Había parado de llover aunque el cielo se mantenía cubierto con el tono gris de lápida. A dos manzanas de su casa, Darragh entraba en la tienda de Downes. Una encantadora pastelería con los escaparates de vidrio a rebosar de tartas de jugosas ciruelas, deliciosos bollos y un pastel de ganache de chocolate caliente que la dependienta retiraba del expositor para envolverlo y entregárselo. Seguro que emocionaría a su mujer con ese detalle y, en caso de que ella hubiese llegado antes que él, compensaría de sobra su ausencia. Las últimas gotas del reciente aguacero, resbalaban como lágrimas hasta el alféizar de la puerta cayendo a modo de una cortina de relucientes cuentas. Introdujo la llave en la cerradura, la giró, abrió la puerta, frotó sus zapatos sobre el húmedo felpudo y cruzó al interior.
—Hayley, ¿dónde estás? Tengo un sabroso pastel para ti.
Llegó hasta la cocina, lo colocó sobre la mesa y se caminó por las distintas estancias al tiempo que repetía su nombre. No la encontró en ninguna de ellas. Al parecer su quehacer le estaba tomando más tiempo de lo que ella había previsto según su nota —pensó—, y regresó a la cocina para preparar café y disponer una buena mesa para su llegada.
Diez minutos más tarde estaba todo listo, sin embargo ella no había regresado y le extrañó sobremanera que no le hubiese llamado para advertirle de su retraso. Cinco minutos después comenzó a sentirse nervioso, a impacientarse y el desasosiego le invitó a llamarla a su móvil. Marcó los números con diligencia y escucho la femenina e impersonal voz de una grabación “El teléfono al que ha llamado está apagado o fuera de cobertura en estos momentos. Si quiere…” Pulsó el botón de colgar y remarcar una vez, otra vez, otra vez más y la respuesta al otro lado de la línea siempre fue la misma.
***
Una columna de humo negro se alzaba desde las llamas del infierno oscureciendo aún más el cielo encapotado. Tras el colosal estruendo, un diluvio de espinas, hiriente metralla de hierro, cristales y piedras, acribilló las ilusiones, mutiló la mañana y silenció la vida. Hayley yacía en la acera con los ojos entreabiertos, sobre un traicionero mar bermellón imposible de surcar, con el alma arrastrada al fondo de su abismo.
El húmedo y resbaladizo asfalto dejó sin control el coche que se abalanzaba sobre ella. En una desesperada carrera consiguió eludirlo alcanzando a llegar hasta el bordillo y en primera fila, como espectadora de excepción, contempló las piruetas que dibujaba el automóvil hasta chocar contra una furgoneta blanca estacionada a unos veinte metros en la esquina con Poolbeg St, en ese instante la función se interrumpió con una cegadora explosión.
Con decenas de destellos azules, naranjas, con un concierto de sirenas y el eco del dolor, se despidió en soledad.
***
El televisor narraba una y otra vez lo ocurrido sin que nadie lo mirase, sin encontrar a su particular espectador. Un hogar abandonado, una casa inhabitada, vacía salvo por el rastro que había dejado la atropellada huída de Darragh.
Le bastaron pocos segundos para darse cuenta, tras encender la televisión para hacer menos angustiosa la espera de Hayley, de lo que había sucedido. Un grito, un alarido, rasgó espeluznante las paredes retumbando en el aire. Salió a toda prisa hacia la calle y volcó toda su rabia en el pedal del acelerador hacia ese recóndito lugar donde ahogar su memoria y esperar.
12 de Marzo
La resaca (II)
No existe un manual de instrucciones para vivir, de lo único que disponemos es de un diario propio de sensaciones, de emociones vividas, de experiencias más o menos provechosas y que en pocas ocasiones conseguimos transmitir a nuestros descendientes. Solemos ignorar las que nos transmiten los más allegados, o aquellas que perduran gracias a quienes se atreven a dejar gotear sus semblanzas en un papel y nos empeñamos en azuzar la hoguera del odio, ese que nos lleva a la destrucción de todo lo que en verdad queremos.
Darrahg pertenecía a la organización Irish Republic Army (I.R.A.), colocó la furgoneta bomba destinada a explotar al paso de un convoy inglés que debía pasar a las 14:00 h. La colocó en el lugar preciso, con la carga perfectamente dispuesta, con el detonador minuciosamente programado. Era un especialista.
Ahora no le quedaba más que la resignación propia de quien se reconoce en su excesiva ambición de gloria, de reconocimiento, de fanatismo y no tiene más que puñado de burdas mentiras enterradas bajo las cenizas de la insensatez. Veintisiete años de penumbras en el tiempo, mal vividos, renegados por lo que debieron ser y no fueron, se arrastran ahora en penitente paso hacia el paseo de los tristes. Hacia ese corto camino, esa estrecha distancia que le separa de una silla, de un impulso sobre ella, de un abrazo en su cuello, de una torpe caída y de un eterno levitar.