30 julio 2008

Ansiedad


Esta es la historia de un niño extremadamente ansioso, que luchaba constantemente contra el tiempo. Cuando iba a la escuela, en cuanto llegaba, deseaba que la clase terminara y llegara el recreo, cuando llegaba a su casa quería que la comida estuviera ya preparada. Al irse a dormir ansiaba con que pasara pronto la noche para ver de nuevo la luz del día. Su vida era una continua carrera hacia el próximo momento.

Un día, mientras caminaba hacia la escuela se encontró con un Hada que le hizo un regalo diciéndole: —Es una cajita mágica. Dentro tiene una cinta de plata, de la cual podrás tirar cada vez que quieras acelerar el paso del tiempo. No la podrás volver atrás y tanto como tires de ella, será el tiempo que adelantes.

El niño le agradeció su obsequio y se fue loco de contento pensando: —Qué bueno, ahora no tendré que esperar más y podré elegir los momentos quiero vivir y cuales no.

Cuando llegó a la escuela y la maestra dijo buenos días, el niño pensó: ¡Qué termine ya! Entonces tiró de la cinta y apareció la maestra diciendo: —¡Hasta mañana niños!

—¡Perfecto, funcionó!

Y así empezó a hacer con todo lo que no le apetecía aguantar. La comida, dormir, el cumpleaños, la escuela,... y no dejaba que tiempo transcurriera con normalidad para casi nada.

Pasó el tiempo y no quiso esperar a crecer para hacerse novio de esa niña que tanto le gustaba. Un buen tirón y ya era un joven y ella una hermosa jovencita, y eran novios. Además la escuela ya se había terminado. Entonces decidió casarse, y esperar un niño, pero ¡nueve meses eran muchos! Otro tironcito y ya tenía su bebe, y la mujer sin su panza. Pero aparecieron los pañales y el llanto a la noche, entonces otro tirón y ya tenia un niño de seis años que podía jugar con él, que se bañaba solito, pero pensó que ahora venia lo peor, acompañarlo a estudiar por lo que dio otro tironcito y apareció jubilado, ya no tenia que trabajar más, su hijo había terminado de estudiar, pero ya no estaba en casa, era un adulto con su propia familia, su propia mujer había envejecido, él mismo estaba canoso, su madre había muerto, y él no tenía recuerdos de su vida.

¡Qué horror! Su vida estaba terminando y él se la había perdido por su tremenda ansiedad.

07 julio 2008

Inocente


Tú no tienes la culpa, eras un pequeño inocente en manos de alguien que no supo querer —me repite el psiquiatra—. Enfréntate a tus demonios, a los fantasmas del pasado, derrótalos y entiérralos con la sabiduría que la vida te ha aportado. Tira por la borda todo ese lastre que te impide navegar con libertad por los mares de tu destino.

Acoplándose a sus palabras, el estruendoso susurro de mi madre silencia toda la habitación.

No llores mi niño, no sientas el dolor de los golpes, no te rebeles contra mí, sabes que te lo mereces, que lo hago por tu bien, sabes que lo último que quisiera hacer es lo que voy a hacer ahora, pero no me queda más remedio. Dame la correa, túmbate en la cama y piensa que mañana me lo agradecerás.

El médico continúa con su terapia pero no le escucho, retrocedo en el tiempo para volver a deslizar mi mano por la espalda de mi hija y acariciarla, queriendo encontrar consuelo en la mía. Cuarenta y tantos años después, sigo esperando a que llegue ese mañana que mi madre me prometió.

16 junio 2008

Al atardecer

Hoy volví a escuchar las notas de tu piano, en secreto, agazapada en la sombra, dejándome atrapar en la red de tu propio pensamiento y asfixiando las palabras para no enturbiar ese momento tan íntimo entre tú y tus emociones, entre tú y tus demonios, entre tú y, tal vez, la razón de mi desasosiego. Contemplé como deshilachabas el día derramando por tus dedos, gota a gota, ese caudal de silencios que tantas veces han mecido con sus acordes las últimas luces del día, cobijando, abrazando esa oscura noche que ciega la verdad, hiela los sentidos y hace palidecer mis mejillas. Hace tiempo que los atardeceres dejaron de sonrojar nuestras cómplices miradas y en el abismo de tus sueños se acomodó el vacío de los ausentes. No me acostumbro a tu acompasada tristeza.

Tantos años desde nuestro primer encuentro y aún sigue viva en mí la llama del amor. Sí, yo también sé amar. Tal vez tú seas quien mejor pueda decirlo, porque soy la única que no te pidió nada a cambio, que siempre veló tu descanso, que te entregó las más íntimas confidencias y la única que estará junto a ti, perseverante, hasta el final.

Recuerdo la primera vez como si fuese ayer, esa profunda mirada tuya, fija en la nada, atravesando el espacio, cortando el dolor, buscando un refugio en mi seno que se antojaba imposible de alcanzar, contemplándome sin rubor, haciéndome sentir hermosa, deseada, mientras te mantenías postrado en la cama del hospital, rodeado de lamentos que nada tenían que ver contigo y prestabas tu cuerpo como un acerico, sorbiendo impasible una sobredosis de vida.

Pudiera parecerles a los demás un extraño comienzo para nuestra relación, pero no podía existir uno mejor. Y es que lo nuestro va más allá de lo conocido y por conocer. Complicidad e intimidad inocente, nuestros mayores delitos. Esa lucha permanente por encontrar nuestra inalcanzable y común realidad ha sostenido nuestra relación. Y para mí ha sido tan maravilloso como besar la lluvia que compone una sonata de violín, como el rumor de un beso en la tibieza de tus caricias. Sin darme cuenta que las gotas no eran más que tus lágrimas, la música tu sollozo y que en mi pasión asfixiaba tu aliento. Aún así, sin importarte lo más mínimo el daño que sentías, buscabas en mis pasos las huellas permanentes de una felicidad y una paz interior, basada en la admiración, el respeto, la lealtad y el cariño hacia mí. Supiste con tu generosa entrega consumar el prodigio de ser cierto y falso a la vez, dejando que la identidad del otro sea más que la de uno mismo, olvidando que en el amor cada uno debe verter en el otro parte de su elixir, sin perder su propia personalidad, enriqueciéndose mutuamente. Yo traté de poner luz en tu ceguera, mas los milagros no me corresponden.

He olvidado presentarme ante los que leéis esta confesión, pero no creo que sea muy difícil adivinar quien soy si os digo que la mayoría de vosotros me acosáis, me acecháis; unos para espantarme y otros para entregaros. De mil maneras me habéis llamado, de mil formas me habéis retratado y hasta habéis querido verme, sin saber adonde a mirar. Soy la Parca, la Calaca, la Huesuda, la Pálida, la Triste, la Flaca, la Segadora…, la Muerte. Y no os sorprendáis si os digo que no llevo guadaña, ni voy vestida de negro, que soy como cualquiera de vosotros y siempre os acompaño. Haced la prueba, miraros en el espejo y veréis donde me escondo.

Supongo que he de deciros que Juan no ha muerto, que tampoco va a morir esta noche y que no ha sido una decisión fácil. No lo hago por debilidad, pero con la inmensidad de personas que me he llevado de este mundo, algunas veces me mata ver como muere la gente. Al igual que a mí, le queda mucho trabajo por hacer. Descubrir que en todos actos existen la crueldad y al tiempo la belleza, que pesan más las palabras que se callan, que las que se escriben; que no dejaré de sobrevalorar a las personas que, como él, están tan cerca de mí y no pierden la dignidad. No me cabe duda de que siempre habrá una mejor ocasión.

Juan, perdóname por haberte querido demasiado sin entender que anulaba tu razón y te sumía en un perenne abatimiento. El sol y la depresión son enemigos irreconciliables, pero mañana volverá a amanecer para ti y yo, agradecida, te dejaré en paz. Aunque te cueste creerme, confía en mí, no soy una fanfarrona, no soy perversa, sólo soy lo que debo ser y si algo me distingue es que soy justa. Hay quienes se aferran a la vida más de lo esperado y quienes, como tú, soltaron amarras demasiado pronto. Pero ni lo uno, ni lo otro me condicionan o me impiden que, en su momento oportuno, en la hora de mayor oscuridad antes del alba me quede con sus almas. La tuya merece ahora reposar serena junto a los tuyos y yo, mientras tanto, saldré sigilosa, cogeré entre mis manos tu fragilidad y te esperaré escribiendo la más fiel memoria de un imposible amor, entre la vida y la muerte.

La otra infancia, la olvidada.


A los pocos que me conocen, a los que saben reconocerme aun cuando me pierda entre otras identidades, a esos no hace falta decirles lo que puedo encontrar cuando miro a través del tiempo y retrocedo a lo olvidado, a lo perdido. A esa infancia que se quedó dormida bajo un cielo sin estrellas, congelándose y haciendo, al igual que una fotografía, de su realidad una indefinida pausa.

Hoy, imaginariamente, trataré de ocupar un pupitre con cubierta de madera a modo de tapa donde puedo guardar los libros, los cuadernos, los lápices, los bolígrafos y jugaré a hacer ruido con sus asientos abatibles. Ese mismo que heredé de otros alumnos y que aprovechaban el agujero de su parte superior para colocar el tintero; yo sólo practicaba con él la puntería para colar bolitas de papel o trozos de goma de borrar. Dejaré que me inunde el olor a cuero de las maletas, el sonido de la tiza sobre la pizarra, el sabor del bocadillo de mantequilla, el griterío en el recreo, para tratar de explicar algo que todos sabemos y, por desgracia, aún seguimos sin poner en práctica. Me refiero a la atención al menor, me refiero a la importancia que tiene la infancia en el desarrollo posterior de nuestra vida y lo desatendida que está en algunos aspectos.

Asómense y observen a través del cristal de la puerta de la clase, estratégicamente colocado a la altura de sus cabezas. No me busquen, no me reconocerán y tampoco se trata de eso, sino de trasladar a estas páginas, de forma anónima, un pequeño ejemplo que ilustre mi decepción y ponga de manifiesto ese desamparo. Empiecen a observar a los colegiales uno por uno, comiencen por la primera fila, los que están justo delante del profesor o profesora, traten de no distraerse con recuerdos propios, fíjense en sus semblantes, en sus ojos, en sus posturas, en las acciones que realizan y sigan a través del aula zigzagueando de izquierda a derecha hasta llegar a la última fila, hasta el último pupitre de la esquina. Pueden parar de leer mientras realizan este ejercicio mental y retomarla a continuación.

Ahora que los tienen a todos identificados, me van a perdonar pero seguro que voy a contrariarles y a presentarles un escenario menos idílico del que la mayoría ha creado. Ya sé que cuento con ventaja, los personajes, el escenario y el argumento son fruto de mi invención, pero déjenme que intente interactuar con sus mentes. Los continuos ejercicios para desarrollar la visión periférica me van permitiendo, cada vez más, enfocar el mundo con una lente de ángulo más ancho para ver como cada acto se relaciona con otras esferas de la misma actividad y de esta manera he podido detectar algunas singularidades entre los alumnos.

He visualizado a ese chico que siempre andaba buscando enfrentamientos, que no dudaba en robarle a otro lo primero que se le antojase, que hacía gala de su indisciplina y forzaba a los más débiles de carácter a realizar actos en contra de su voluntad. Estaba sentado en las últimas filas de la clase y nada de su apariencia física podía delatarlo, por eso también he mirado por debajo de los pupitres, donde disimuladamente sus pies no paraban de golpear las espinillas de su compañero, de su colega favorito. El del semblante triste, con la cabeza gacha y la mirada hundida en lo profundo de la nada. Un muchacho delgaducho, con dificultades para relacionarse, sin más amigos, bajo rendimiento escolar y con sentimientos de inutilidad arrastrados de cursos anteriores.

En las filas centrales de la clase reconocí a esa niña que evitaba por todos los medios que la nombraran para hacer una lectura del libro o de sus trabajos. Su torpeza para leer, para distinguir y memorizar las letras, acertar en el orden y el ritmo de la colocación para formar palabras, provocaban las risas y burlas de todos. La hoja de su cuaderno me proporcionó la pista necesaria. Su escritura era una burda representación de signos, un grotesco baile de letras y repleta de faltas ortografía que evidenciaban lo que el claustro de profesores denominaba, de forma totalmente errónea, una actitud perezosa en el aprendizaje.

También he visto al chaval que cada trimestre sufría con las calificaciones, no tanto por el resultado de las mismas ya que conseguía sacar todas las asignaturas, sino por el miedo atroz de presentárselas a unos padres sumamente exigentes en todo para con su hijo. Por supuesto que no voy a enumerar a todos, afortunadamente la mayoría no manifiestan más signos que los propios de una juventud exultante, pero no quiero saltarme a la niña que no quería comer porque se veía gorda y estaba esquelética; al que guiñaba el ojo de forma compulsiva y al que, bajo presión, ametrallaba las palabras en un tartamudeo angustioso.

Todos estos casos y más, han convivido con nosotros a lo largo de nuestra infancia, algunos los hemos sufrido en primera persona, otros los hemos vivido muy de cerca y con el tiempo, por falta de una atención médica adecuada en el momento preciso, hemos presenciado o sufrido las consecuencias posteriores. Dislexia, trastorno disocial, ansiedad, depresión, trastorno alimentario, hiperactividad, trastorno de la conducta..., son trastornos psiquiátricos que al igual que en ese tiempo rememorado durante este artículo, siguen produciéndose en nuestros días y obtienen la misma atención por parte de la sanidad española: Ninguna. El motivo es simple. En España no existe la especialidad de psiquiatría infantil y juvenil.

Las patologías mentales en el niño requieren de una especialización y una formación que actualmente no tienen la mayoría de profesionales que atienden a nuestros hijos, esto conlleva graves déficits que les afectan directamente, errores de diagnóstico, escaso seguimiento de sus tratamientos, años y años de sufrimiento de la familia hasta llegar a un diagnóstico certero y un tratamiento adecuado, esto se traduce en años de retraso en sus tratamientos y el consiguiente perjuicio en la evolución de sus trastornos, algo decisivo a la hora de una normalización en sus vidas, tanto a nivel emocional, social como escolar. Los perjuicios que hoy día sufren nuestros hijos no se pueden cuantificar, debido a la falta de esta especialidad.

Cualquier acción en favor de la infancia, de los jóvenes, de nuestros hijos, merece la pena. Tómenlo en consideración y traten de hacer por ellos todo lo posible.

En el filo

12 de Marzo

La resaca (I)

Tras pasar una noche rodeado por esos momentos imposibles de olvidar y tan difíciles de recordar, Darragh se levantó cubierto por los andrajos de una conciencia mal oliente. Despacio arrastró su miseria hacia la ventana para abrirla, aventar sus temores y llenarse de luz, pero en el intento descubrió que el mejor paisaje que podía contemplar era el de la persiana cerrada.

10 de Marzo

Amanecer

Su taheña y rizada cabellera retozaba sobre el pecho de Darragh cuando los primeros rayos de luz se filtraron a través de los visillos. De los acaramelados ojos de Hayley brotaba el fulgor del sol y en sus labios resplandecía una blanca y bella sonrisa. Rebosaba de emoción y contenía su satisfacción por haber conseguido ultimar el día anterior, los detalles para la celebración del cumpleaños de su esposo. Mañana le sorprenderá con su inesperado regalo, una gran fiesta en el pub Long Hall, el mismo lugar donde se conocieron hace seis años, reservado por completo para la ocasión y con la actuación en vivo del grupo que aderezó en la penumbra del local, con sus melodiosas notas, ese inolvidable primer beso: The Celtic Spirit.

Se incorporó y acarició su torso, con la misma suavidad de quien intenta tomar una mariposa con sus manos, rozándolo como lo hacen las nubes a ras del mar, queriendo atrapar su aroma con las yemas de los dedos. Respiró la brisa de su aliento y arrulló sus sueños con un nuevo despertar.

—Buenos días dormilón, vete levantando. Voy a preparar el desayuno ¿Te apetece con boxty o con setas asadas?

—Setas. Buenos días —haciendo rodar su cuerpo sobre la cama hacia el costado donde, ya puesta en pie, ella esperaba su respuesta y fallando en el intento de golpear su trasero.

Su rudo cuerpo está forjado a base de golpes, de penumbra, de fuego y de entrañas, con un desmesurado corazón que bombea pasión en todas las empresas que acomete y el pecho entreabierto para Hayley, su amor. Es una de esas personas que sabe amar, que sabe odiar, que en todo momento muestra su carácter visceral.

Cuando llegó a la cocina, estaba todo dispuesto sobre la mesa cubierta con un mantel blanco. Halley se aproximó con la jarra de café, le sirvió en su taza, le pasó el azucarero y ella optó por tomarse un té.

—Esta tarde tenía pensado que fuésemos a los almacenes Debenhams —sentándose a la mesa— para comprarme algo de ropa y tal vez algo para ti, para mañana… —dedicándole una picarona mirada infantil.

—¡Otra vez Debenhams! Te repito que no me gusta que vayas a los almacenes ingleses, puedes ir a Brown Thomas o a Arnotts. ¿Es que ellos no tienen lo mismo o mejor? —su ronca voz se elevó dura y precisa.

—Ingleses, irlandeses,.. ¡Darragh Fallon! ¡Borra de una vez esa ira de tu interior!

—Lo siento. Perdona —posando su mano sobre la de ella y bajando la cabeza, avergonzado por su arrebato—. De todas formas hoy regresaré tarde. Tenemos entre manos una nueva campaña, se reunirá el consejo para analizar todos los pormenores y, como nuevo responsable de área, debo estar presente. Es la oportunidad que he estado esperando tanto tiempo, la misión que puede proporcionarme el reconocimiento a tantos años de sacrificio y trabajo en la sombra.

Darragh era un consumado experto en electrónica y estaba considerado en la organización como uno de los integrantes más audaces y prometedores. Con veintiséis años, su eficacia a la hora de llevar a cabo los cometidos más difíciles le estaba encaminando, en una meteórica carrera, hacia los puestos de mando y condicionaba, cada vez más, el tiempo que pasaba en su casa. Hayley soportaba las ausencias con resignación, con mucha paciencia los estados de ansiedad que precedían a los continuos viajes de su marido y con serenidad los largos silencios a su regreso.

—Bien, planifica y trabaja hoy todo lo que quieras, pero no te comprometas para mañana. Me prometiste que pasarías el día entero conmigo y además, este mes has viajado más días de lo habitual por lo que te corresponden más jornadas de descanso.

—Lo intentaré cariño. Lo intentaré.

Continuaron conversando sobre los arreglos que necesitaba la casa, el buen partido que hicieron los Cardiff Rugby y los planes para la cercana celebración de San Patricio. A las ocho y media, como de costumbre, se despidieron con un beso y una tierna caricia. Hayley desde el umbral de la puerta, con los brazos recogidos en su pecho, le observó mientras él se subía al coche y permaneció allí hasta que el Ford Escort se camufló entre las sombras de la avenida.

De compras

Nada le parecía apropiado, había recorrido varios almacenes y tiendas sin encontrar el conjunto apropiado para la ocasión. Buscaba un vestido de color verde manzana, sencillo, cómodo, entallado a su cuerpo, con los hombros y la espalda al descubierto, con un escote sugerente y de mangas amplias. Quería sentirse observada, quería regalarle todos sus encantos al hombre que amaba y revestir de una irrefrenable pasión esa noche inolvidable. Estaba cansada, minúsculos cristales se clavaban en la planta de sus pies al caminar y su cabeza no era capaz de procesar con claridad todo lo que sus ojos contemplaban, cuando un pequeño escaparate cautivó su atención. No era el color que buscaba, sus mangas eran francesas, pero ante ella se apareció su vestido perfecto. Entró en el comercio y una amable empleada la atendió con tal diligencia que en pocos minutos, frente al espejo del probador pudo sentir algo más que el roce de la suave tela sobre su cuerpo, estaba vestida con el delicado velo de la seducción.

Volvía a casa satisfecha, en volandas por el blanco corcel de la ilusión, cuando la melodía de “My heart belongs to you” se elevó hacia sus oídos desde dentro de su bolso. El teléfono móvil identificaba la llamada de Bryn Fisher, el dueño del pub Long Hall.

—¿Hola?

—Hayley, soy Fisher. Estamos con los últimos detalles de la fiesta y necesitaría que te pasaras por el pub mañana temprano para concretar unos pormenores.

—¿No puedes comentármelos por teléfono y lo solucionamos ahora? Me comprometí con Darragh para estar junto a él toda la mañana.

—Lo siento Hayley se trata del grupo. Quieren proponerte un cambio en el repertorio y ahora mismo no se encuentran aquí. Tendrás que buscarte alguna excusa y venir para hablar con ellos.

—No me gustan los contratiempos de última hora. Ya lo teníamos todo más que hablado –el desalentado tono de su voz viajó como un susurro sordo.

—No hay ningún contratiempo, no te preocupes, no es más que una vuelta de tuerca a la traca final de fiesta que creo te puede encantar. Todo será perfecto y, por supuesto, conseguirás que Darragh no lo olvide en toda su vida.

—Vale, estaré allí. Pero que no sean más de cinco minutos.

—No harán falta más. Hasta mañana a las 9.

—¡Tan pronto!

—Cuanto antes mejor. Así tendrán más tiempo de ensayar. Nos vemos.

No hubo tiempo para despedirse, Bryn cortó la llamada tras ese imperativo “nos vemos”.

Anochecer

El semblante de preocupación de Darragh contrastaba de forma notable con la envolvente atmósfera de expectación que Hayley había creado para sorprenderle en la cena. Había dado tres vueltas a la manzana antes de estacionar el coche en la entrada de su casa, tratando de relajar la tensión de su cuerpo tras la larga reunión de la tarde, buscando el modo de espantar de su cabeza las consignas de su nueva misión y luchando contra la ansiedad que le producía tener que realizar, a la mañana siguiente, de forma inexcusable una entrega vital para su continuidad en el futuro dentro de la organización. Pero bastó ver la carrera de Hayley hacia él y sentir su cálido beso para poner punto final a cualquier otro pensamiento que no fuese agradarla y entregarle su amor.

El comedor estaba iluminado por la tenue luz de las velas que, sobre la mesa, invitaban a una romántica velada. Una botella de vino tinto, dos copas y un brindis por su eterna compañía, dieron comienzo a esos cruces de miradas justo en el lugar donde se turban los sentidos y el rescoldo del deseo enrojece ante las llamas de la pasión. Saborearon los platos rememorando sus aventuras de adolescencia, sus primeros escarceos amorosos y haciendo planes para ese perpetuo futuro que abría puertas y ventanas con aromas de una eterna primavera.

Los dos silenciaron el mañana, omitieron hablar del cercano amanecer para vivir la magia del presente.

11 de Marzo

Los pormenores

Un mal sueño, un insistente chisporroteo contra el cristal y el sordo sonido de una puerta que se cierra, arrancaron a Darragh de su letargo. El reloj de la mesilla de noche marcaba las 8:06 a.m. Esa visión sirvió de espoleta y su corazón amagó con explotar, tenía el tiempo justo para hacer su trabajo y no sabía aún cómo se lo diría a ella. Giró sobre sí y se encontró con el vacío acompañado de una nota con la letra de Hayley:

Felicidades cariño.

Tengo que salir, no puedo decirte más porque

forma parte de tu regalo de cumpleaños.

Vuelvo enseguida, espérame para desayunar.

Hayley

Este ya es un buen regalo de cumpleaños –pensó agradecido, por no tener que inventar cualquier excusa para salir, con el riesgo de disgustarla- al tiempo que saltaba de la cama y se dirigía al cuarto de baño. Quince minutos más tarde, se alzaba el cuello de su chaqueta de cuero en un inútil intento de esquivar la correosa lluvia que se derramaba sobre él cuando se dirigía hacia el coche. No tardaría más de treinta minutos entre ir y volver. Confiaba que fuese tiempo suficiente para que no se enterase de su ausencia, aunque previsor le había escrito bajo sus palabras “He ido a buscar tu pastel preferido”. Puso en marcha el motor y aceleró todo lo que pudo para llegar a Cook Street. Estacionó su vehículo a pocos metros de donde estaba la furgoneta de reparto, cambió de vehículo y circuló esta vez con más prudencia. En diez minutos habría finalizado su trabajo y volvería a casa para disfrutar de un feliz día de cumpleaños.

***

Hayley se apeaba en D’olier Street a las nueve en punto, el pub se encontraba cerca, en la transversal, a un par de minutos andando. Durante el el trayecto en el autobús, estuvo acompañada por un tímido sentimiento de culpabilidad por la forma sigilosa, clandestina, en que había salido de casa; que se alternaba con unos arrebatos de emoción, de entusiasmo enfervorizado, al imaginar el asombro de Darragh esa misma tarde cuando le desvelara la fiesta que le había organizado.

Abrió su paraguas y caminó ligera cortejada por las oscuras y perezosas aguas del río Liffey, el mismo al que Joyce otorgó una significación de vida y de cambio en su novela Ulises. Su corazón se aceleraba a cada paso, palpitaba al compás de los acordes de un duelo de violines que desafiaban cualquier otro eco que no fuese el de su entusiasmo. Dobló la esquina y divisó la colorida fachada del Long Hall. Fisher estaba en la puerta con una libreta en la mano, donde anotaba los barriles de cerveza que un corpulento repartidor descargaba del camión y hacía rodar hasta el interior. El semáforo en rojo frenó su marcha, alzó su brazo y lo agitó para llamar la atención de Fisher que la saludó con una cómica reverencia. Hayley miró a su izquierda, a su derecha, calculó la distancia, la velocidad de los coches que circulaban en su dirección y su ímpetu la apremió a cruzar hasta el lado opuesto de la carretera. El claxon de un vehículo castigaba su osadía, sin conseguir que ella se diese cuenta de la dificultad que le suponía al conductor poder esquivarla.

***

Había parado de llover aunque el cielo se mantenía cubierto con el tono gris de lápida. A dos manzanas de su casa, Darragh entraba en la tienda de Downes. Una encantadora pastelería con los escaparates de vidrio a rebosar de tartas de jugosas ciruelas, deliciosos bollos y un pastel de ganache de chocolate caliente que la dependienta retiraba del expositor para envolverlo y entregárselo. Seguro que emocionaría a su mujer con ese detalle y, en caso de que ella hubiese llegado antes que él, compensaría de sobra su ausencia. Las últimas gotas del reciente aguacero, resbalaban como lágrimas hasta el alféizar de la puerta cayendo a modo de una cortina de relucientes cuentas. Introdujo la llave en la cerradura, la giró, abrió la puerta, frotó sus zapatos sobre el húmedo felpudo y cruzó al interior.

—Hayley, ¿dónde estás? Tengo un sabroso pastel para ti.

Llegó hasta la cocina, lo colocó sobre la mesa y se caminó por las distintas estancias al tiempo que repetía su nombre. No la encontró en ninguna de ellas. Al parecer su quehacer le estaba tomando más tiempo de lo que ella había previsto según su nota —pensó—, y regresó a la cocina para preparar café y disponer una buena mesa para su llegada.

Diez minutos más tarde estaba todo listo, sin embargo ella no había regresado y le extrañó sobremanera que no le hubiese llamado para advertirle de su retraso. Cinco minutos después comenzó a sentirse nervioso, a impacientarse y el desasosiego le invitó a llamarla a su móvil. Marcó los números con diligencia y escucho la femenina e impersonal voz de una grabación “El teléfono al que ha llamado está apagado o fuera de cobertura en estos momentos. Si quiere…Pulsó el botón de colgar y remarcar una vez, otra vez, otra vez más y la respuesta al otro lado de la línea siempre fue la misma.

***

Una columna de humo negro se alzaba desde las llamas del infierno oscureciendo aún más el cielo encapotado. Tras el colosal estruendo, un diluvio de espinas, hiriente metralla de hierro, cristales y piedras, acribilló las ilusiones, mutiló la mañana y silenció la vida. Hayley yacía en la acera con los ojos entreabiertos, sobre un traicionero mar bermellón imposible de surcar, con el alma arrastrada al fondo de su abismo.

El húmedo y resbaladizo asfalto dejó sin control el coche que se abalanzaba sobre ella. En una desesperada carrera consiguió eludirlo alcanzando a llegar hasta el bordillo y en primera fila, como espectadora de excepción, contempló las piruetas que dibujaba el automóvil hasta chocar contra una furgoneta blanca estacionada a unos veinte metros en la esquina con Poolbeg St, en ese instante la función se interrumpió con una cegadora explosión.

Con decenas de destellos azules, naranjas, con un concierto de sirenas y el eco del dolor, se despidió en soledad.

***

El televisor narraba una y otra vez lo ocurrido sin que nadie lo mirase, sin encontrar a su particular espectador. Un hogar abandonado, una casa inhabitada, vacía salvo por el rastro que había dejado la atropellada huída de Darragh.

Le bastaron pocos segundos para darse cuenta, tras encender la televisión para hacer menos angustiosa la espera de Hayley, de lo que había sucedido. Un grito, un alarido, rasgó espeluznante las paredes retumbando en el aire. Salió a toda prisa hacia la calle y volcó toda su rabia en el pedal del acelerador hacia ese recóndito lugar donde ahogar su memoria y esperar.

12 de Marzo

La resaca (II)

No existe un manual de instrucciones para vivir, de lo único que disponemos es de un diario propio de sensaciones, de emociones vividas, de experiencias más o menos provechosas y que en pocas ocasiones conseguimos transmitir a nuestros descendientes. Solemos ignorar las que nos transmiten los más allegados, o aquellas que perduran gracias a quienes se atreven a dejar gotear sus semblanzas en un papel y nos empeñamos en azuzar la hoguera del odio, ese que nos lleva a la destrucción de todo lo que en verdad queremos.

Darrahg pertenecía a la organización Irish Republic Army (I.R.A.), colocó la furgoneta bomba destinada a explotar al paso de un convoy inglés que debía pasar a las 14:00 h. La colocó en el lugar preciso, con la carga perfectamente dispuesta, con el detonador minuciosamente programado. Era un especialista.

Ahora no le quedaba más que la resignación propia de quien se reconoce en su excesiva ambición de gloria, de reconocimiento, de fanatismo y no tiene más que puñado de burdas mentiras enterradas bajo las cenizas de la insensatez. Veintisiete años de penumbras en el tiempo, mal vividos, renegados por lo que debieron ser y no fueron, se arrastran ahora en penitente paso hacia el paseo de los tristes. Hacia ese corto camino, esa estrecha distancia que le separa de una silla, de un impulso sobre ella, de un abrazo en su cuello, de una torpe caída y de un eterno levitar.

18 julio 2007

Casi muerto

Hasta aquí llego exhausto casi muerto
muerto por una certera andanada
andanada de silente vacío
vacío de esperanza y de ilusión
ilusión por escribir en un papel
papel mojado de noches amargas
amargas lágrimas de un pasado
pasado volcado en el presente
presente olvidado por un futuro
futuro con sabor a tierra seca
seca y árida como el desierto
desierto en una cruel realidad
realidad que encadena el alma
alma encerrada en un oscuro mar
mar siniestro engañoso y gélido
gélido como el hielo de mi sangre
sangre que escapa fluyendo en un hilo
hilo deshilvanado de mi cuerpo
cuerpo encerrado en sueño de vida
vida necia sin destino ni final
final de mi existencia aquí te espero.


18 marzo 2007

Quique

15/3/2007

Hoy he amanecido con el estruendo de un suspiro. El último suspiro. El postrero aliento que derrama en el espacio, la falaz existencia del ser humano.

Puedo entender que por evitar pisar un excremento de perro, como un aprendiz de bailarín, haga una cabriola en la acera y distraiga la atención del peatón que lleva un acelerado paso hacia el trabajo. Que éste al llegar a su destino comente con sus compañeros lo cómica que resultó su visión y a lo largo de la mañana se produzca un debate entre ellos sobre la educación, el civismo, de los dueños de animales domésticos. Que suponga un enfado del jefe por tanta distracción, que su mal humor lo traslade a otra persona y ésta a otra, y se encadene toda una serie de situaciones que pueden llevar a consecuencias trágicas. Puedo entender, por otro lado, que ese peatón mantenga la sonrisa en su rostro durante todo el día, la transmita, y se multiplique a su alrededor provocando un sinfín de buenaventuras. Entiendo que todo en la vida depende de una mierda.

Lo que no podré entender es que Quique, “el ingeniero” como lo llama su padre, se muera sin más, devorado por el cáncer. El hijo, único hijo, donde sus padres vuelcan todas sus ilusiones, todas sus esperanzas y toda su vida.

Veintiún años no han sido suficientes para él, para disfrutar lo que la vida promete a todos y, en cambio, cuatro meses le han bastado a esta maldita enfermedad para emborronar su sonrisa, para desfigurar su cuerpo, para secuestrarlo e instalarlo detrás del tiempo, amenazado por esa lanza que gira segundo a segundo, calculando con precisión el momento de hacer diana en su corazón.

Triste. Estoy muy triste al saber que pronto cogeré el teléfono, le llamaré y su vivaracha voz no podrá franquear la barrera del silencio, dejando que los sollozos de sus padres sean quienes respondan a mi llamada.


16/3/2007
D.E.P.
Quique Martínez Ballesteros

18 enero 2007

En el filo

9 de enero

Soy un cobarde temerario, no es algo nuevo, no acabo de descubrirlo, lo he sabido siempre. Esa imprudencia, esa insensatez de no querer reconocerme, me ha llevado a vivir una vida que no es mía. Me refugié tantas veces en la profunda y extensa sombra de la noche que, ahora, frente a ti, no puedo soportar la luz de tu mirada y me derrumbo en el vacío de la nada.

Haré caso omiso a los consejos, a las súplicas, me dejaré llevar sólo por esta extraña tristeza que llegó poco a poco, a hurtadillas, en silencio, y acabó por instalarse cómodamente ocupando todos los rincones. Es tarde para intentar nadar, es absurdo obsesionarme con salir a flote cuando, de forma inconsciente, siempre haré todo lo posible para ahogarme.

Me aprovecharé de esta maldita facilidad que poseo para convencerte de algo, aun cuando ni yo mismo esté convencido de ello.

10 de enero

Mi mujer, con lágrimas de impotencia en los ojos, trata de superar el bloqueo, la sensación de impotencia que la invade. Supongo que es normal, es difícil comprender, de asimilar, lo que me sucede. Se esfuerza en animarme, como siempre lo ha hecho aún sin saber lo que me ocurre, aún sin saber cual de mis distintos yo, es el que está junto a ella. Son muchos años soportando mis cambios repentinos de ánimo, mis depresiones, mis angustias, mis ansiedades, mi estrés; pero ella se sigue entregando en cuerpo y alma, y le debo agradecer su dedicación porque tenerme a su lado es para perder la cabeza. Debo decirle que la amo antes de que, en un rato o mañana o pasado, se me entumezca el poco cerebro que me queda y pueda perderla.

Mañana voy a visitar a otro especialista, esta vez no es un psicólogo, es un psiquiatra. Otra vez a contarle mi vida a un desconocido, a hacerle entender que mi vida pasa, en tan sólo diez minutos, de ser una fiesta a convertirse en un infierno. Una vez más, explicar qué puedo ser ingenuo, divertido, muermo, agresivo, dulce, manipulador, dócil, encantador, cínico, sincero en extremo, mentiroso compulsivo, frío, ardiente, compasivo, intransigente, precavido, osado, hiperactivo, ataráxico… tantas cosas y todo al mismo tiempo.

Más páginas, más capítulos, para la biografía, no escrita, de alguien que se parece a mi, pero sólo en el historial médico.

Siempre he sido quien has querido que sea y seguiré siendo lo que te haga feliz mientras quieras estar conmigo. No te sorprendas al saber que tú puedes tener una idea acerca de mi personalidad y, los demás, una distinta por completo. Todos tenéis razón.

11 de enero

Es de noche, de madrugada, todos duermen. Yo no. No puedo dormir. Me duele la cabeza, el insomnio ha vuelto. Necesito relajarme. Diazepam, Dobupal, Milzone, a ver si tengo suerte y descanso.

12 de enero

He encendido el último cigarrillo del paquete que abrí a las nueve y aún no son las doce de la mañana, creo que hoy superaré otra vez los tres paquetes. Sí, retomé el hábito de fumar hace algunas semanas para rellenar el vacío y la angustia de la soledad. Absurdo. Pues sí, pero ¿qué más da?

El psiquiatra, en la visita de ayer, me ha diagnosticado trastorno límite de personalidad. Un trastorno mental, estoy al límite, al filo del precipicio, pero el psiquiatra que me examinó, no me indicó cual es la personalidad, de todas las que habitan en mi cabeza, la que sufre esto. Según el experto lo padecemos aquellos que, por mil obstáculos e interferencias en su desarrollo infantil, no han podido crecer y sentirse adecuadamente seguras del mundo y de sí mismas.

Ya no me apetece buscar culpables; no quiero mártires, ni victimas para justificar mi realidad, que al fin desnudo y no volveré a disfrazar. No debo juzgar, tengo que practicar para tolerar el malestar, aplicar habilidades emocionales, fomentar la confianza, todo un compendio de buenísima teoría que ha funcionado en un montón de casos iguales alrededor del mundo, pero que conmigo se dará la excepción que confirme la regla.

Porque pasa el tiempo y voy marcha atrás, como los cangrejos. Porque oigo esas voces que me repiten, una y otra vez, que haga cosas que son contradictorias a lo que deseo hacer. Porque sé que estoy defraudando a todo el mundo y cuando prometo no hacerlo más, incumplo siempre mi palabra. Necesito vaciarme de mí mismo antes de que el tiempo se agote, antes de que devore mi propio corazón desde aquí, desde detrás del espejo donde todos me ven, me analizan, me juzgan y yo no puedo reflejarme.

Cada vez estoy más dentro de mí y menos fuera. Antes me asustaba, ya no, ya sé que soy un trastornado. Mierda.

13 de enero

Hay gente a mi alrededor que piensa que lo mío es cuento. Hasta el doctor se extrañó de mi situación. Soy un caso excepcional, dentro de la gravedad del tema, porque llevo una vida normal: tengo mi trabajo, mujer e hija, mi piso, amigos,…

A mí no me quedan fuerzas para explicar que me falta la otra parte de mí, me falta el tiempo para encontrarme, me falta todo el amor que recibo y se queda vagando en la memoria del olvido.

14 de enero

Lo siento, lo siento, lo siento,… mil y una veces repitiendo lo mismo. Llevo todo el día sangrando lágrimas inútiles porque no podré reparar el daño que hago.

Cuando pienso que ya nada tiene sentido y cuando ya no puedo más con ese malestar que me ahoga por dentro, me resulta agradable dañarme, no noto dolor.

15 de enero

A veces dudo de que mi existencia sea real. Me pregunto si soy de verdad o soy parte de un sueño, o de una película de la que, ni tan siquiera, soy el protagonista.

Nadie sabe lo que es esto. Nadie, nadie hace nada por saberlo, pero algo te puedo asegurar, nadie sufre más que yo.

Desde aquí, desde la azotea, contemplo las mejores vistas de la ciudad, se ven las ventanas iluminadas. Detrás de ellas hay vidas. Una vida por ventana y un problema por cada luz.

Me gustaría ser un pájaro, abrir las alas y surcar el cielo. Tal vez pueda volar, o tal vez no, y entonces… desaparecería de este mundo para irme a habitar eternamente en el universo de los sueños. ¿Cuántos pasos podré dar antes de cruzar el límite del precipicio?



09 septiembre 2006

Contraportada

Mi tiempo se agota. Se consume como el cigarro entre los dedos, como el aceite de una lámpara, como se consume el tiempo. Acariciando el sueño eterno en un lento caminar, parsimonioso, soñoliento, pero implacable.

Nací como nacen los sueños, esbozando en blanco y negro la utopía de una realidad confundida por el deseo; al dictado de la memoria, de la voz y del pulso de una mano firme, dejando marcados sobre mi piel surcos de sangre germinados con pasión. Viví como un errante delirio, vagabundo de paso, con el cuerpo acurrucado entre cartones, refugiado en las oscuras sombras que trazan las palabras en el papel, amparado en los pliegues de una falsa verdad y oculto en la penumbra de los sentimientos.

Resignado al destino del olvido, justo antes del momento en que la esperanza no resucita, envolviste mi alma con tus manos. El abrazo de tu encuentro me vistió con las mejores galas y me sentí desnudo. Suspendido en el tibio roce de tus dedos, desplegando mis alas al vaivén de tus latidos, te entregué la silenciosa melodía de mi ciega mirada y me dejé llevar como el palpitante beso de un adolescente.

Me meciste en tu regazo, fui cómplice de tu almohada y evoqué esos instantes en tus recuerdos, donde la espuma del mar dibujaba un poema y quedaban grabadas en la arena las palabras que nunca se podrán borrar. Recorrimos el universo de lo imaginable reposados en un banco del parque, oyendo el trino de los pájaros, el susurro de las hojas y a la luz de un atardecer sereno me regalaste el brillo de tus ojos.

Pronto me acunarás en el lecho de tus memorias, descansaré saciado de caricias, impregnado de tu olor y con las páginas de mi existencia perpetuadas dentro de ti. Se acerca el fin y la contraportada será mi punto final.